En este blog no se suben relatos de otros autores, pero esta vez realizaré una excepción. Os dejo este relato escrito por Encarni Maldonado, quien, en Ediciones Ortiz, sacará pronto su libro y que, os aconsejo no os lo perdáis. Para conocerla mejor, leed el siguiente relato

para relato de encarni

Una leyenda griega

<<Cuenta la leyenda, que las hechiceras, Canidia, Sagana y Veia, se ofendieron por la osadía de un joven príncipe de Rodas. Invocaron a las Juezas del Destino, y entre las seis, le infligieron un castigo. La maldición que recayó sobre él no fue otra que la eternidad. Una eternidad llena de desdicha que solo le dejaba respirar de noche, cuando podía ser humano. Mientras que, por el día, se convertía en otra cosa; en un ser cambiante que tomaba formas diferentes según antojo de las imperecederas brujas, obligándolo a permanecer oculto de los rayos de sol en su forma natural.>>

Lucía un día espléndido en Rodas. El viento por fin había parado de soplar; era el primer respiro que nos daba desde hacía una semana. La gente de aquí estaba más que acostumbrada, pero yo, que era española, no lo estaba en absoluto.

Mi novio, Ioannis, me había traído con él a esta maravillosa isla griega hacía un par de meses. ¿Cómo llevaba el griego? Bueno, lo entendía más o menos. Había dado clases en mi último año de universidad.

Él y yo nos conocimos en España, en su periodo de intercambio Erasmus en Granada. Yo estaba en el último curso de Filología Clásica y él también había venido a España para terminar su tesis de Historia Antigua. Venía de la Universidad de Atenas, y yo estaba deseando ir allí a ver las grandes ruinas que nos había dejado la cultura que había sido la cuna del pensamiento europeo actual.

Supuse que ya era hora de que aceptara que me dejé arrastrar por la imprudencia, ya que ahora no tenía del todo claro que quisiera estar aquí. Ioannis andaba muy ocupado con su trabajo actual, se dedicaba a la artesanía todos los días; hacía vasijas de arcilla, pulseras de cuero y unas cuantas cosas más con nombre griego que no lograba asimilar qué eran. No había encontrado ningún trabajo que tuviese que ver con el medio histórico. Mientras, yo me quedaba en su casa, dando lecciones de griego con un par de libros que me había dejado. Sí quería buscarme un trabajo allí, debía primero saber griego.

Soy poco dada a estar más de tres horas sentada haciendo lo mismo, y en este caso no iba a hacer una excepción. Así que me dirigí hacia la Acrópolis, abandonada y deshabitada, de la ciudad. Apenas había turistas por allí, casi todos preferían ir al pueblo de Lindos, su Acrópolis se conservaba mucho mejor que la del centro de Rodas. Imaginaba a los antiguos griegos trabajando codo con codo allí, poniendo piedra tras piedra sobre las columnas interminables (y en su mayoría inexistentes en la actualidad). Después imaginaba las carreras de caballos que debieron suceder en el anfiteatro, las luchas entre guerreros musculosos y fuertes.

El sol se empezó a desvanecer entre las ruinas griegas, y yo debía volver a casa ya, pues Ioannis se preocuparía si no me veía allí. Bajé los escalones del teatro de dos en dos. Afortunadamente todo estaba restaurado, razón de más, para que los turistas prefirieran las ruinas de Lindos, allí todo se conservaba tal cual. Noté una extraña sensación, como si alguien me observara desde las piedras ancestrales, aunque yo no veía nada. Y, con el último rayo de sol, un vestigio de luz apareció de la nada, como si fuese una extensión del astro rey, pero extinguiéndose en el tiempo de una estrella fugaz.

Vi el halo de luz brillar unos segundos, a través de las pocas columnas helenísticas que quedaban en pie desde la Antigüedad, a ras del suelo. Parpadeé varias veces, intentando darle algún sentido a lo que acababa de ocurrir. ¿Los extraterrestres estaban aquí? ¿Un meteorito había caído del cielo? Al borde del infarto, y con el instinto de supervivencia a tope, dirigí mis pasos hacia las ruinas: quería constatar por mí misma que lo que acababa de ocurrir había sido una alucinación. Que un cuerpo celeste y brillante no había colisionado con la tierra sin hacer ruido alguno y dejando en pie toda la ciudad.

Pero no estaba preparada para lo que iba a encontrarme allí. No estaba preparada para que aquel acontecimiento cambiara mi vida como lo iba hacer.

Unos jadeos captaron mi atención. Yo, con un temblor indomable en el cuerpo, me acerqué a ver qué era. Imaginaba a un pobre animal herido por el supuesto meteoro recién caído. Pero no era, ni de lejos, parecido a una piedra ardiente, lo que allí hallé. En su lugar, un hombre desnudo se encontraba postrado sobre una de sus rodillas, agachando la cabeza e intentando respirar.

Abrí los ojos hasta que no pude más. ¿Qué estaba haciendo ese hombre ahí sin ropa?

Su largo pelo negro se movió de repente, dando paso a un rostro escultural enmarcado por unos preciosos ojos verdes.

Mi corazón comenzó a bombear la sangre más deprisa todavía. No podía apartar la vista de su mirada aguamarina. Estaba asustado. Por mí. ¿Por qué?

-¿Qué… qué te ha pasado? –logré preguntar, aunque a duras penas yo misma escuché mi voz; era como si no hubiese hablado en años.

Él hombre me miró un par de segundos más, extrañado, y después, se desplomó sobre el suelo.

Debería haberme ido de allí en busca de ayuda, haber llamado a Ioannis para decirle que me iba a retrasar… No, mejor debería haberlo llamado para decirle que había encontrado a un hombre desnudo en medio de las ruinas que poblaban el extrarradio de su ciudad, y haberle pedido que viniese con ayuda.

Pero no hice nada de eso.

El hombre no parecía estar malherido, simplemente, dormía plácidamente, como si se tratase de un niño que hubiese hecho travesuras todo el día y ahora descansara feliz en su camita.

No tardó mucho en despertar. Su respiración se hizo más agitada a medida que iba abriendo los párpados. Se sorprendió mucho al verme, y otra vez me pude deleitar con sus ojos color mar.

-Tranquilo –intenté apaciguarlo, pues no hacía falta ser un experto para ver que se había agitado con mi presencia -. No hay nadie, solo estoy yo.

De repente, se puso en alerta, agazapándose como un león apunto de atacar a su presa. ¿Qué podía haberle pasado a este hombre para estar así?

Me alejé de su lado unos pasos, temiendo por mi vida.

-No voy a hacerte daño –le dije. Pero lo que de verdad estaba pensando era que no quería que él me hiciera daño a mí.

El hombre susurró algo, pero no lo entendí; era como si le costase hablar en voz alta.

-Lo siento, no te entiendo –le expliqué en el mejor griego que pude articular.

-¿Cuál es tu procedencia?

La pregunta me resultó algo extraña, pero creí haberla entendido bien, ya que tenía un acento muy marcado, tanto, que había logrado estremecerme. Su voz había sonado firme y segura, emanando de ella un poder atávico que no había escuchado jamás. Casi no podía articular palabra por la impresión.

-De España –le contesté con la voz entrecortada y la garganta seca.

El calló unos segundos, como asimilando mi respuesta. Finalmente, se puso una mano en el pecho y se dispuso a hablar:

-Mi nombre es Alexandros –me contestó, en español, y con su acento griego algo más suavizado.

Me pareció sensual. Ese hombre desprendía fuerza por todos los poros de su piel.

-Soy Elena –le respondí tendiéndole mi mano.

Él la miró extrañado, y yo la quité al instante; quizás lo viese como una falta de educación por parte de una mujer, aun no terminaba de hacerme a las costumbres griegas. No tenía amigos, a Ioannis no lo saludaba así, y mi suegra y mi cuñada mantenían demasiado las distancias para tener algún contacto, tanto físico como verbal, con ellas.

-Me gusta –dijo. Y a ese comentario le siguió una sonrisa que me desarmó por completo.

Fue entonces cuando su escultural cuerpo se relajó, se irguió sobre sus pies, y la poca luz que había me dejó ver todo su potencial. ¡Menudo cuerpo!

A él no parecía importarle ese hecho, pues, la única que estaba ruborizada era yo.

***

Me costaba verlo así; débil y desarmado cuando la transformación tenía lugar. Acababa tan agotado que algunas de las pocas horas que tenía como humano tenía que invertirlas en dormir.

Tengo que acabar con su sufrimiento. Esa maldición debe romperse de alguna manera, me dije a mí misma mientras investigaba entre las pocas ruinas que quedaban en pie.

Había algunos terrenos con los cimientos de las viejas casas griegas, pertenecían al Estado y estaba prohibido edificar en ellas. También estaba prohibido visitarlas, ya que podrían caerse de un momento a otro y no se habían propuesto arreglarlas. Pero yo me pasé por el morro todos esos contras y entré en la casa de Alexandros. Me esperaba un palacio, la verdad, pero al parecer, por muy grande que pudiese ser la casa de un noble, no lo era tanto como sus tierras, que podían extenderse a kilómetros.

El lugar del embrujo había sido allí hacía más de mil años, y no sabía que esperaba encontrar; si había alguna mínima pista de lo sucedido… los siglos se lo habrían llevado consigo a través del espacio tiempo que me separaba de esa época.

Si no recordaba mal la historia, Alexandros había maldecido a las brujas por engañar a su hermano Leónidas; un muchacho enamorado de una sirvienta que había hecho un pacto con ellas a cambio de obtener el amor de la doncella. Las brujas le habían dado lo que él quería; a la chica. Lo que Leónidas no sabía era que se habían dedicado a informar a su padre de ello. De modo que, cuando éste se enteró del trato, mandó matar a la doncella, dejando a Leónidas sin su mayor deseo. Leónidas se encerró en sí mismo, preparando una venganza para su padre que finalmente no llegaría. El Rey interceptó la misiva de traición de su hijo, que había enviado información confidencial a los enemigos del Soberano. Este hecho hizo que el Rey acabara también con la vida de su hijo. Alexandros, que admiraba a su hermano, decidió invocar a las Moiras para que le devolvieran la vida, pues aludía a que la culpa la habían tenido las tres brujas, Canidia, Sagana y Veia. Las Moiras; Cloto, Láquesis y Átropos, se negaron en rotundo a su petición. De modo que las maldijo, tanto a ellas como a las brujas. Ofendidas, las Moiras se aliaron con las brujas, haciendo entre las seis un hechizo inquebrantable para el humano que había osado injuriarlas. La maldición que se le había impuesto hacía que por el día solo pudiese disfrutar la luz del sol en forma de animal, que era como ellas lo veían. Mientras que su forma humana volvería de noche, mediante una dolorosa transformación, que no tenía otro cometido que recordarle eternamente su ofensa a las Diosas del Destino.

Pero todos los tratos tenían una vía de escape. Nada podía estar sellado sin más. El mundo sobrevivía gracias a este tipo de cosas; trueques, pactos, contratos… La humanidad llevaba haciendo estas cosas desde que el mundo era mundo. Y, aunque no tenía ni idea de dioses tangibles, y esta historia había tardado bastante en asentarse en mi mente, confiaba en que Homero en su Ilíada hubiese contado la verdad. O al menos parte de ella, pues si algo estaba claro, era que los dioses cambiaban como el viento. Y en los tratos siempre había alguna fisura por donde poder tirar para crear otro nuevo. Al menos, eso esperaba.

No estaba segura de esto, pero quería que funcionara. Quería ayudar a Alexandros a ser un hombre normal. Se me rompía el alma cuando lo veía postrado en el suelo, sin más protección que su piel, pues siempre volvía desnudo aunque se hubiese convertido en animal estando vestido.

Me puse en medio de lo que parecía ser la sala principal de la casa. Estaba a cielo descubierto porque el techo estaba caído, solo me protegían del exterior unas paredes arenosas plagadas de orificios de diferentes tamaños. Respiré hondo, diciéndome a mí misma que esto era una locura pero que al menos debía intentarlo.

-Brujas y Moiras, apareced ante mí. Os invoco aquí y ahora, en esta casa dónde alguna vez hicisteis un conjuro sobre el Príncipe Alexandros.

Esperé unos segundos eternos, pero no pasó nada. Me dispuse a irme, abatida, pero, de repente, la tierra empezó a temblar bajo mis pies, haciendo que me tambaleara y me cayera al suelo. Y, dos segundos después, aparecieron ellas…

-¿Nos has llamado? –inquirió la que parecía ser la líder quitándose la capucha de su larga túnica blanca.

Las demás hicieron lo mismo y me encontré rodeada de seis pares de ojos escrutándome con la mirada. Despacio, me puse en pie antes de hablar:

-Sí, quiero saber cómo puedo romper la maldición de Alexandros.

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