Regreso al hogar

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Allí en Boston, Frank se sentía cada vez más sólo. Hacía un par de semanas que su abuelo había muerto. También su esposa y su hijo lo habían hecho hacía solo unos pocos días. La maldita epidemia seguía haciendo estragos en la gran ciudad. Frank se enteraba cada día de la pérdida de vidas humanas por los gritos de angustia que se confundían con la muerte. Él también había enfermado, pero seguía viviendo. ¡Maldita! Pasaba por su lado sin prestarle atención.

-¡Papá cuanto te echo de menos!, -susurraba Frank mirando por la ventana la calle solitaria, oscura y silenciosa tras un largo día de muerte. Recordaba a su padre, quien afable, generoso, trabajador y humilde, no dejaba una de sus cartas sin responder, le dio los años más felices de su vida, y sufría como él por la muerte también de su esposa y de su hijo, su hermano Aaron, que terminó por convertirse en su amigo. Frank vía sin ver, oía sin oír y sentía algo que solo se encontraba en su mente y en su corazón.

Sintió que alguien entraba en la habitación, se volvió y vio a Steven, el criado de su difunto abuelo, que sirvió de gran ayuda cuando todos enfermaron y había sido un excelente ayudante en la empresa. Seguía en la casa más como amigo que como criado, aunque Steven no cambiaba sus costumbres.

-Señor Frank, perdone le moleste. El doctor ha llegado -dijo.

El médico entró detrás de Steven. Esperaba ver a su paciente en el sofá o en la cama. Le extrañó que estuviese de pie mirando la ventana. No esperaba una bienvenida, ni una mirada. Ni siquiera esperaba una respuesta. De todos modos, preguntó:

-Hola Frank, ¿cómo te sientes hoy? -Se acercó y lo ayudó a recostarse en la cama.

Frank obedeció a la invitación del médico con docilidad, sin hablar, como siempre, y con la mirada perdida. El doctor observó que paseaba la vista por toda la estancia. Frank la sentía fría, vacía. Aquella casa, antes un mundo de fantasía y juegos para su pequeño, parecía una tumba enorme, una cripta que no podría acoger la felicidad de su mujer ni los años tardíos de su abuelo, era…

Frank bajó la mirada. Unas lágrimas humedecieron su rostro. El médico detuvo el reconocimiento. Sabía que nada podría hacer por aliviar ese sufrimiento, pero lo intentaría.

-De salud estás mejor, no hay duda, pero te voy a dar un consejo si me lo permites -lo miró. No obtuvo respuesta aunque prosiguió pues sabía que al menos lo oiría-, regresa a tu ciudad. Ya no tienes señal de la enfermedad, pero estás débil y puedes volver a enfermar. La próxima sería fatal. Date una oportunidad, no vale la pena desperdiciar la vida.

Tal vez tuviese razón, caviló Frank al escucharlo. Quedándose no aplacaría su dolor. Marchándose, tampoco. Pero podría hacer algo por el sufrimiento de su padre. Vaciló, pensando que no era un niño, tenía cuarenta y cuatro años. Había dejado el hogar paterno para ampliar sus horizontes, trabajar en la ciudad con su abuelo, hacer de intermediario entre la empresa y el hogar paterno, pues desde el rancho se enviaba la madera a la ciudad. ¿Qué hacer? ¿Vivir o morir? Se sentía sólo en la vida. En cambio, en la muerte, estaría acompañado de su esposa, de su hijo, de su hermano…y hasta de su abuelo. Maldijo a la muerte y a la vida.

No sintió cuando el médico se marchó. El hombre no pudo evitar lanzarle una mirada de lástima al retirarse, pensando que no fue la única persona que se había quedado solo por la epidemia, pero su caso era el peor. Perder tres miembros de su familia en tan corto tiempo… y también a su hermano en el rancho…Movió la cabeza mientras recordaba que Frank era de los pocos que conocía que había llegado tan alto siendo hijo de un ranchero, levantando el negocio de la madera, cuando su abuelo casi lo perdió todo. Precisamente, todo aquello hacía que no quisiese inmiscuirse demasiado.

Frank se levantó de la cama para dirigirse al sofá. Recordaba a Aaron, su hermano muerto. Su sonrisa, su alegría, su siempre estar allí… las promesas de no separase. Las veces que tuvo que salir en su defensa aunque no le pidiera ayuda. Le falló al marcharse a la ciudad. No estuvo para prestarle auxilio cuando lo hirieron de muerte, ahora comprendía más que nunca a su padre, pues había aprendido lo que era perder a una esposa y a un hijo.

No. No podía volver a casa. No se sentía capaz.

Levantó la vista del suelo al sentir nuevamente la puerta. Era Steven.

-Señor Frank, ha llegado esto. -Le alargó un sobre.

Frank no pudo evitar sentir un escalofrío de temor, pero ese estremecimiento desapareció a reconocer la letra de su padre. Por un momento, pensó que pudo ocurrirle una desgracia, entonces, el abrecartas que en la mano tenía, hubiera servido de billete para estar con los suyos.

Se dirigió al escritorio y se sentó. Sintió que su familia le observaba con atención desde los portarretratos colocados a su izquierda, pero él no miró. Por primera vez desde la tragedia, no se refugió en el pasado. Leyó la carta de su padre reconociendo por aquella letra que debió estar angustiado.

Virginia, octubre 1, 1918

Querido Frank

Estoy muy preocupado por la epidemia que azota Boston y no puedo evitar imaginarme lo peor. Por favor, dime como estáis tú y tu familia. Hace un mes que no sé nada de vosotros, es más tiempo del que tardan en llegarme tus cartas, espero que solo sea porque estás muy ocupado. Escríbeme y dime cómo estás, no dejes pasar más días, porque estoy desesperado.

Dale besos a Lisa y a mi nieto. Y recuerdos a tu abuelo. Diles que los amo. Tú, recibe mis mejores deseos, y todo mi cariño.

Papá

Recostó la cabeza en el respaldo del sillón sin soltar la carta, y sonrió con los ojos cerrados. Su padre. Era lo único que le quedaba y se preocupaba por él, allí estaba lo que necesitaba para decidir qué hacer, y la vida le llamaba, su padre, le llamaba. Respiró profundamente un par de veces antes de ponerse en pie, y llamó a Steven.

-Saca un billete a Virginia, regreso a mi casa.

Los siguientes días transcurrieron muy rápido, entre los preparativos y dejar la empresa y la casa a Steven, se le pasaron. Cuando quiso darse cuenta, estaba en la diligencia, rumbo a la ciudad de Virginia, extrañando a su padre, sintiéndose como un niño cuando pensaba en él, y sonriendo por primera vez en muchos días.

De pronto, se sintió mal de nuevo. Lo había perdido todo, y estaba contento.

No sabía cómo reaccionaría su padre, no había respondido a su carta, solo se presentaba sin avisar. ¿Y si su padre lo culpaba por la muerte de Aaron? Mil y una dudas y preguntas asomaban por su mente. El sólo quería llegar a casa, abrazar a su padre, oír su voz, acostarse en la cama que dejó hacía doce años…recostó la cabeza junto a la ventanilla sumiéndose en el silencio.

Los ruidos de las calles le despertaron. Apenas reconocía la ciudad, aunque según le dijeron, era Virginia. ¿Cuánto tiempo había permanecido dormido? Se sintió perdido, todo era distinto. Cogió las maletas que descargó el cochero y caminó tambaleante hacia unos escalones de madera donde se sentó.

-¿Qué tormenta te ha traído? -una voz le habló-, no tienes buen aspecto. ¿Te encuentras bien?

Frank miraba al suelo, a la sombra que ante él se situaba. Sintió como una mano se posaba sobre su hombro. Levantó la vista y reconoció al sheriff, a pesar de estar más viejo.

-Hola comisario, no sabía que aún eras sheriff. Estuve enfermo estas últimas semanas y el viaje no ha ayudado mucho -respondió, dándole la mano.

El sheriff le devolvió el saludo. Luego, sin perder un momento, con mucha amabilidad, alzó las maletas.

-Te ayudaré. Me alegro que hayas podido salvarte de la epidemia; por fortuna aquí no ha llegado.

Frank llevó en su mano una bolsa de viaje pequeña, pero tras dar unos escasos pasos tuvo que detenerse. Su cuerpo se negaba a obedecerle, y pese a sus intentos por disimular, no pudo hacerlo.

-Vamos, dame esa bolsa también, necesitas descansar -el sheriff cargó con la bolsa de viaje bajo el brazo.

Afortunadamente, el hotel estaba muy cerca. Frank se registró y alquiló una habitación.

-Frank, tu padre está en la ciudad y se dónde encontrarlo. -Le dijo el sheriff una vez lo dejó en la habitación.

Pero el hombre no lo miró y se tumbó en la cama. El sheriff, salió en busca de su buen amigo Bruce. Frank, mientras, miraba el techo de la habitación pensando que actitud tomar ante su padre. Le emocionaba verlo, pero sentía temor. Cerró los ojos e intentó respirar. Hasta eso dolía.

Su padre llegó al hotel agitado, preguntó por su hijo y no tardó en subir las escaleras hasta la habitación de Frank. Se detuvo jadeante ante la puerta, no pensaba nada más que en ver a su hijo y estrecharle entre sus brazos. Tocó la puerta preguntando al mismo tiempo:

-¡Frank! ¿Puedo pasar?

-Pase -dijo el quieto, sin saber quién preguntaba. La fiebre había vuelto a hacer presa en él. Apenas podía moverse y abrir los ojos mucho menos, la luz que entraba a raudales por la ventana le molestaba.

Su padre luchó con el picaporte que no parecía querer ceder a sus deseos. Finalmente, logró entrar con la aldaba en la mano.

Vio a Frank echado en la cama. Parecía inconsciente. Por un momento no supo que hacer, aunque se dirigió a la ventaba y corrió las cortinas. Luego, en silencio, se acercó a la cama mirándole. Frank, presintió aquella mirada y abrió los ojos. Entonces, su padre, le levantó un poco abrazándole emocionado.

-Tranquilo, hijo, tranquilo, descansa. -Se dio cuenta de ¬¬que su hijo estaba peor de lo que él creyó en un primer momento. Temblaba de frío, su frente ardía y no podía moverse casi. Con toda seguridad, la fiebre de la epidemia que había matado a tantos.

-Enfermé padre. La epidemia…el médico dijo que estaba mejor. Dijo que si me quedaba en Boston podría volver a enfermar, pero creo que se equivocó, -Frank ayudado por su padre, se volvió a recostar en la cama tras lo cual siguió hablando- el abuelo, mi mujer, y mi hijo…-no pudo continuar, un sollozo ahogó su palabras.

-Calma Frank, -dijo su padre sentándose en la cama junto a él -no recuerdes más, tranquilízate…

-Mi niño murió en mis brazos…

Su padre lo abrazó de nuevo. Ambos lloraron. Por el pensamiento de Bruce, pasó la imagen de su nieto a quien jamás volvería a ver.

-Perdóname por no haber estado aquí cuando Aaron me necesitaba, padre, se lo que es perder a un hijo. Ahora lo sé. Condené a muerte a mi hermano.

-Frank, hijo mío, ¿qué estás diciendo? Tú no apretaste el gatillo, no quiero que te culpes por ello. -Lo miró fijamente a los ojos- .Lo que importa ahora es que estamos juntos y no te voy a dejar sólo. El dolor de perder a un hijo no se puede explicar, así que no hagas que lo padezca otra vez.

Frank suspiró y cerró los ojos. Tenía sueño, mucho sueño. Sintió como su padre lo arropaba igual que cuando era un niño. Le invadió entonces una sensación de placidez y se entregó a ella.

Bruce lo acarició enternecido.

-Bienvenido a casa pequeño…Bienvenido. -Susurró al oído de su hijo y lo besó en la frente. La fiebre parecía amainar. Tenía a su hijo, había regresado, estarían juntos hasta el final.

Siempre juntos.

Los siguientes días, Frank los pasó casi siempre dormido. La fiebre lo visitaba, pero allí estaba su padre para recoger sus palabras en su delirio, aliviar su dolor y bajar la temperatura. Para Bruce fue un soplo de aire nuevo que hizo que hasta el dolor por la pérdida de su hijo pequeño desapareciera. Al menos, no era tan acusado.

Ambos recibieron cada día la visita del sheriff, que hablaba largo y tendido con Bruce, mientras sonreía ante la mejoría que parecía experimentar Frank.

Una mañana, cuando había pasado casi una semana desde su llegada, Frank abrió los ojos. Vio a su padre dormido, sentado en la silla junto a la cama. Sobre la mesilla, un cuenco de agua y algunas compresas, le dieron a entender el motivo de su malestar. No quiso despertar a su padre, pero éste lo hizo al sentir en su mano una caricia.

-Hijo… ¿Cómo estás? -Lo siguiente que vio Frank fue una sonrisa, luego sintió una caricia.

-Cansado, y con frío…pero estoy bien.

Bruce cubrió a su hijo con otra manta más, y sentándose a su lado en la cama, le preguntó:

-¿Quieres hablar?

-No hay mucho que decir. Un barco llegó. Había enfermos. Cada día había más. Mi mujer enfermó y luego mi abuelo. Y más tarde mi hijo y yo. Toda mi familia murió. Yo quería morir pero no lo hice. Vine en tu busca esperando aliviarte y aliviarme yo. Pero no puedo padre. No puedo.-Frank se incorporó un poco en la cama- Mi hijo era tan pequeño…no tengo nada en ningún lugar. Vendí la empresa del abuelo. Y tú no aliviarás nunca el dolor por Aaron. Papá, solo me quedas tú en esta vida.

-Hijo, mi dolor seguirá conmigo al igual que el tuyo en tu interior. Nada puede evitarlo, pero hagamos un esfuerzo por las cosas que nos enseñaron quienes nos han dejado en este mundo. -Bruce ayudó a su hijo a acostarse de nuevo-.Descansa, has tenido mucha fiebre, descansa hijo. Pronto regresaremos al rancho y allá verás todo distinto.

Ese mismo día, por la tarde, el médico le dijo a Frank que podía irse al rancho. Bruce no tardó nada en recogerlo todo, y buscar una carreta para trasladar las maletas y a su hijo que no dijo una sola palabra.

-Si pudieras visitar a Frank igual que hiciste conmigo, te estaré siempre agradecido. -Bruce habló con el sheriff de quien se despedía para indicarle que regresaban al hogar.

-Os visitaré a los dos, no te preocupes Bruce. Cuando pasen unos días, Frank estará mejor. Es fuerte. Seguro que el rancho, el aire del campo y el estar en casa le ayudan a ver las cosas de otra manera.

Durante el camino, ninguno de los dos habló. Las palabras sobraban. En la mente de uno, vía la sonrisa de su esposa, oía el dulce balbuceo de su hijo, la voz de su abuelo y el cante de su hermano. En la mente del otro, la intención de devolver a su hijo las ganas de vivir y la sonrisa perenne que siempre tenía.

Al llegar al rancho, el cocinero, Tom, les recibió con una sonrisa y con un abrazo muy amigable para Frank, quien, pese a su tristeza, sonrió débilmente un momento.

-Tom, lleva las maletas dentro por favor. -Bruce tomó a su vez una, haciendo que su hijo entrase en casa sin nada en las manos.

Pero al contrario de lo que esperaba Bruce, Frank no se sentó junto a la chimenea cuando entró en la casa, ni tomó la guitarra ni tampoco se apoderó del sillón ni del sofá. Subió las escaleras despacio. Sin decir nada. Bruce sintió como si la casa antes para él vacía y triste, siguiese igual aún con la presencia de aquel hijo que parecía fantasma. Miró al cocinero, que nada dijo, solo soltó las maletas y se dirigió a la cocina. De nuevo, aquel silencio horrible y desquiciante para Bruce. De nuevo como si a su alrededor todo su hubiera muerto. Se sentó en el sillón, rindiéndose a la soledad y la tristeza de su hogar.

Pero Frank, estaba en la habitación de su hermano. Allí, en la mesilla, un retrato se le mostraba lleno de polvo. Nadie entraba en esa habitación desde hacía mucho tiempo. Se sentó en la cama y limpiando el cristal, vio la imagen antigua de su hermano con su madre. Los dos lo miraban.

-Me había olvidado de ella. De sus ojos, de su sonrisa, de su cabello…la quise como si mi propia madre fuese, y la había olvidado.- Frank tenía el retrato entre sus manos, y hablaba con su padre, quien en la puerta le miraba. Había subido al oír una puerta abrirse.

-Han pasado muchas cosas en tu vida, es normal que la olvidaras.-Bruce se acercó a Frank entrando por primera vez en aquella habitación, desde que Aaron fue asesinado.

Frank, poniéndose de pie, soltó el retrato en la mesilla, y sin mirar a su padre, intercambió su cinturón con el revólver, por el de su hermano, que sobre un mueble se encontraba, y antes de salir de la habitación, sacó una fotografía guardada en un bolsillo de su camisa, y la colocó junto a la fotografía de su hermano.

-Cuida de ellos Aaron, yo tengo que cuidar de papá. Si los dos nos unimos, podremos seguir adelante y este rancho volverá a mirar el sol cada mañana. -Frank dijo aquellas palabras solo para sí.

Luego, salió de la habitación, dedicándole una ligera sonrisa a su padre, que le puso su mano sobre el hombro como muestra de apoyo.

Cada momento que los dos se encontraban allí, se comenzaban a sentir mejor. Era como si el dolor, la angustia, no desapareciera, pero se sintiesen fuertes y dispuestos para sobrellevarlo. Por primera vez, ni el padre ni el hijo querían olvidar nada, lo querían conservar, pero querían vivir. Vivir con el recuerdo. Vivir sabiendo que los dos estaban pasando por lo mismo. Los dos se podían ayudar.

-Papá, ¿qué te parece si comemos luego en el lago?, -Frank estaba guardando sus camisas cuando dijo aquellas palabras a su padre, quien también ayudaba a su hijo con la ropa.

-Claro, es una buena idea, si quieres y te sientes con fuerzas…

Una vez terminaron de colocar la ropa, padre e hijo se dirigieron a la caballeriza, donde prepararon los caballos, mientras el cocinero, preparaba la comida para el picnic.

El lago era una de las zonas más hermosas del rancho. Desde allí, el murmullo del agua, el canto de los pájaros, la vista del bosque siempre les había dado esperanza, fuerzas e ilusión. Aquella ocasión no sería la vez que les fallara.

Ya con la comida en su poder y los caballos listas, Bruce y Frank se alejaron hacia el lago, dispuestos a pasar páginas a sus vidas, pegarle un tiro a la soledad y curar las heridas de sus almas con la compañía y el amor de quien les entendía bien.

En el rancho, se levantaba una nueva etapa, pero en ellos, se despertaba el día con el sol más sonriente y el agua más cristalina.

FIN

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Este relato fue publicado en Letras Enlazadas. Quien no ha podido leerlo en la revista, aquí tiene otra oportunidad. Espero que os guste.

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