mantirosario

Son las cinco de la tarde. En la Real Maestranza de Sevilla.

En la plaza se oye el clarín. El toro sale al ruedo, a ese lugar desconocido para el, la faena va a comenzar. El torero, tan solo un chiquillo con ansias de triunfo, gloria y honor, se prepara. Hace la señal de la cruz, y sale en busca del toro con un pase de rodillas.

El público aplaude, la banda toca. Chicuelinas, verónicas, pase de pecho… el torero arranca vítores. El toro y el son uno, pero los dos no pueden triunfar: el toro ha de perder la vida para que el torero se lleve la gloria.

Los banderilleros se preparan para su faena: Bandera de España, Andalucía y Sevilla. Los aplausos les acompañan, los músicos siguen tocando.
El toro se aproxima al torero que lo espera para continuar la faena… pero falla en un pase. Un pequeño error, y el torero está a merced del animal, que lo engancha en el costado.

La muerte hace acto de presencia.
La música se detiene. Se oyen gritos de terror y, en la arena muerto cae el torero: un chiquillo que yace en la arena que tanto amó, y sobre la cual tantos sueños pasó.
En el tendido, una joven llora desconsolada. Ese animal le ha robado al dueño de su corazón, le ha arrebatado lo que más quería, la ha dejado sola en un valle sombrío sin camino ni consuelo.
Lejos de la plaza, una mujer de cabello blanco y ojos sin luz, reza con un rosario entre las manos, para que Dios no se lleve a su niño, ese niño que quería ser torero. Reza mientras espera una llamada: una vez más, un: “estoy bien mamá, ha sido una tarde de gloria” que nunca más oirá.
En la enfermería queda el cuerpo del torero. Junto a él, su cuadrilla se lamenta, su novia llora sin saber que hacer y sin desear una vida en soledad. Sus lágrimas humedecen el rostro que besa, intentado arrancárselo a la muerte.
Uno de los banderilleros, toma el teléfono y llama. Debe comunicar la noticia, sus padres no han de continuar esperando.

-…lamento decir que… el maestro… -la voz se quiebra. La noticia duele demasiado.

-Mi hijo ha muerto. Ahora torea en el cielo junto a otros grandes toreros -El padre cuelga y enciende una vela entre sollozos, por el alma de su hijo querido.

La madre oye las palabras, pero no se levanta, ni llora, sigue con el rosario en las manos, rezando para que su hijo vaya a buscarla pronto. Ignora el porque ella: ciega, vieja y cansada, sigue en el mundo, mientras el Dios al cual tanto reza, se lleva a su niño joven, rebosante de vida y enamorado. Desconoce las respuestas.
La tarde, antes luminosa, con sol y brisa apacible se vuelve fría, oscura, casi tormentosa.
La novia regresa a su casa, hace la maleta y se marcha lejos de la plaza, lejos del lugar, llevándose su secreto, sin poder huir del recuerdo de aquella cornada, y su amado muerto en la enfermería. Sabe que ha de luchar y seguir viviendo por la noticia que juntos iban a dar y que, en cambio, guarda ahora solo para sí. No llama a la suegra, que sigue con su rezo, sin presentar atención a nada más.

En la maleta solo lleva la imprescindible. Lo importante va dentro de ella, que suba al tren buscando algo que realmente sea justo en su vida. ¿Fue justo quedar huérfana dos años después? ¿Fue justo que su tío perdiera la vida por culpa de un conductor borracho?

¿Es justo que un toro le arrebate al hombre que más quiere, al padre de su hijo? Nada es como debiera ser, nada debió haber sucedido.

Huir no es una solución, pero si un remedio para empezar de nuevo.

Todos lamentan la muerte del torero, sin pensar en la familia que queda atrás: en el padre que no llora pero grita por dentro. En la madre que reza sin cesar pudiendo estar con su hijo. En la novia que se va lejos, muy lejos.

En quien nadie puede pensar es en ese ser que nunca conocerá a su padre, y aún no nacido ya es guardado en secreto. Un ser que impide a la novia irse con su amado. ¿Y si también es torero? Ese pensamiento está prohibido, como llorar.
El paisaje cambia constantemente. Las ciudades van quedado atrás. Unas pasajeros suben, otros bajan y nadie pregunta: -¿Por qué solloza? A su alrededor solo hay silencio. Un silencio profundo y doliente, como en la plaza tras la tragedia.
Los aplausos se detuvieron. La banda cesó, y el presidente, dejó una montera en el centro del ruedo en recuerdo del chiquillo. Mientras, replican las campanas de la Catedral. La Macarena luce un crespón negro. Las banderas se agitan a media asta.

Sevilla viste de luto.
En el tren, la novia lleva el luto en el corazón. Revive la escena una y otra vez, el ser amado, derrotado por un toro.
Sigue alejándose. Sabe que nunca estará suficiente lejos para olvidar. De pronto, recuerda a la pobre mujer ciega que espera a su hijo… Las dos están igual. Ambos lamenten la pérdida del mismo hombre.
-Algún día, cuando la muerte se acuerde de nosotras, estaremos con el. El toro no le podrá dañar. Le podremos ver torear.
Las lágrimas caen. Acaricia su vientre buscando las fuerzas para seguir adelante. El no nacido se mueve. Lo nota. La hace sonreír. El horizonte es tan inmenso…

No va a regresar. No deja a nadie atrás. No tomará el camino de regreso, seguirá en el tren: hasta el destino. Entonces se bajará. Entonces el camino habrá acabado. Y el no nacido, tendrá una vida lejos de la tragedia.
En Sevilla, la tragedia no acaba. La madre se acuesta, para enterrar a su hijo al día siguiente, pero no se levanta. Sus rezos eran tan sentidos y deseados, que la muerte la lleva.
En la Plaza de Toros del cielo. El torero le brinda a su madre una faena solo para ella. El clarín suena. El torero lo recibe de rodillas. Los pases son perfectos. Los aplausos y vítores no cesan. La banda toca un pasodoble. El presidente se levanta por la memorable faena del torero.
En el tren. La joven piensa en su hijo, y le suplica: “no seas torero”.

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Fue publicado en Magazine Horasur, podéis leerlo aquí: http://magazine.horasur.com/relato-de-maricarmen-spain-la-novia-del-torero/

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